CONFESIONES DESDE EL TÁLAMO
CUALQUIER DÍA EN LA VIDA DE ALEJANDRO
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Al escuchar el nombre de Federico
los recuerdos le invadieron. Federico fue el mayor culpable junto con Diana de su
desgracia, y Alejandro no pudo evitar una estridente exclamación.
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¿Pasa algo Alejandro? --preguntó Ana.
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¡Nada, nada, fue una inevitable reacción!
Y la enfermera Ana comprendió.
Muchos fueron los momentos que escuchó por boca de Alejandro. Un lamento, una
maldición, en sueños, o incluso despierto; constantemente mencionaba el nombre
de su examigo Federico.
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¡Perdóname, soy una tonta, no me he dado cuenta de….!
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¡No eres culpable de nada, el tonto soy yo que todavía lo llevo en la memoria
cuando de……, mejor……., llévame junto al doctor Federico, lo he estado esperando
desde hace tiempo! ¡Un Federico me postró en la cama, y tengo fe que el otro
Federico me hará caminar nuevamente!
Y de esta manera sucedió. Las
palabras de Alejandro fueron premonitorias. El doctor Federico lo puso en pie,
y en ocho semanas más caminó por la pasarela del gimnasio del hospital. La
experiencia del médico, y la constancia del paciente, hicieron un binomio que produjo
el milagro. Alejandro con el paso de los meses se juró que caminaría
nuevamente, y que lo sucedido, por mucho que le doliese, en el alma o en otras
partes de su cuerpo, debía echarlo a un lado y continuar con su existencia,
porque a la larga al parecer, su mujer, tenía su vida demasiado ocupada con el “innombrable”,
y él, no era más que un estorbo. Así que redobló los esfuerzos hasta fortalecer
sus piernas, y el espíritu, y una mañana de primavera, cuando el tiempo se
presentaba como para comérselo literalmente de lo generoso que se mostraba,
entró la enfermera Ana en la habitación.
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¡El doctor Federico te ha dado el alta, regresas a casa Alejandro, podrás
continuar con tu vida y aquí no ha pasado nada! --afirmo Ana con una sonrisa
agridulce.
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¿Ya me voy? --preguntó Alejandro con los sentimientos encontrados-- ¿A casa, a
qué casa Ana?
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¡A tu casa, bueno, a tu vida, al trabajo………! ¡Tus compañeros no han dejado de
preguntar por ti, y sabes que tu jefe te espera! ¡Vamos Alejandro, cambia esa
cara, me vas hacer llorar si……..!
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¡No, no, por favor, hacerte llorar, no me lo perdonaría Ana…….., pero es……..,
es que……….!
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¿Es qué Alejandro?
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¡Es que no deseo alejarme de ti!
Y. ¡El tiempo se detuvo! Yo no
estaba presente, pero las vibraciones me llegaron al cuerpo como un hálito
fresco que inunda la consciencia. Los poros de mi piel se extendieron y las cavidades
nasales tomaron una proporción desconocida hasta ahora por mí. Yo no estaba allí,
no puedo dejar de repetirlo, pero, pero…….., respiré el amor, respiré la
cadencia de un impasse sosteniendo a dos cuerpos en el aire, flotando sobre el
eco de un frase en una espléndida nube de deseos e interrogantes. Y eso que me
encontraba a años luz de ellos. ¡Es que
no deseo alejarme de ti! No se puede decir nada más, y Ana, la enfermera,
la amiga Ana, se quedó en espera junto a su reloj, el pequeño reloj que lleva siempre
en su pecho izquierdo. El diminuto reloj tampoco quiso pronunciar palabra
alguna, y sus manecillas, aferradas a la transparente esfera del envejecido
cristal, lloraban a mares porque después de lo escuchado, no estaban dispuestas
a controlar más al rígido y malhumorado tiempo.
Ella lo miró. Él, desde siempre,
no había dejado de hacerlo. ¿Si todo estaba detenido, qué se puede hacer en
estos segundos? El tiempo, los cuerpos, los brazos y las piernas, las bocas y
sus lenguas, los sudores y las ansias, las intenciones y las miradas, todo, o
casi todo, dejó de ser constancia para sumarse en el indefinido éter.
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¡Mi reloj se ha roto!
Sentenció Ana poniendo la mano
sobre su vibrante pecho izquierdo.
Continuará……………………………………..
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