LOS AMANTES DEL 26
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¡Nada ni nadie nos podrá separar! --musitó Magdalena.
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¡Nada ni nadie! --le respondió la voz. Esa voz que escuchaba cercana.
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¡Estos son los mejores momentos de mi vida, y no dejaré que se marchen!
--asintió Magdalena con la mirada perdida.
A través del cristal las
imágenes se van fusionando unas sobre otras sin consideración y sin pausa,
porque es lo que tiene el instante, se presenta sin previo aviso, y sin previo
aviso se esfuma, como si no hubiese existido con anterioridad. Magdalena no es
consciente de ello cuando, y su mirar se diluye a través de la ventanilla, su única
intención es encontrar al menos una respuesta que termine por apaciguar las turbaciones
que la ahogan y no la dejan respirar; pero el hallar la respuesta adecuada no
le será tan fácil.
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¿Estás ahí?
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¡Estoy aquí! –le respondió su voz, la voz que desde entonces le acompaña a
donde quiera que va.
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¡Te amo Federico!
Tres únicas palabras pronunció
Magdalena. Una complementaria, sin la mayor importancia, las restantes, fueron
palabras fetiches: Amor, y Federico. Dichas palabras ratifican su
estado, su verdadero estado, el de una mujer enamorada, completamente enamorada
del hombre al que ha amado desde hace más de una década y que logró
contemplarlo únicamente desmembrado; el cuerpo por un lado, y la cabeza, por
otro. Esas palabras salieron de lo más profundo de su alma, porque Magdalena, es
poseedora de una de esas almas que se distinguen por su generosidad. Y a la voz,
que segundos antes se había pronunciado, no le fueron ajenas las palabras.
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¡Yo también te amo Magdalena! --respondió con sinceridad.
El paisaje se mostraba
complaciente y a su vez, sublime. Una aplastante calma yacía en el ambiente
como si el entorno cambiase al paso de cada segundo. Cada vez que Magdalena desplegaba
sus párpados para pestañar, al abrirlos nuevamente, había dejado de ser el de
antes, el paisaje ya no era el mismo. Lo que con anterioridad fue, en el instante
siguiente no, se transformaba radicalmente; un completo
desconocido para sus ojos. En una milimétrica fracción de tiempo dicho paisaje se
hacía inconexo, radicalmente extraño de la manera en que se le contemplase, e
inmediatamente, retornaba a la normalidad.
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¡Espero que te guste el lugar a donde vamos! –dijo la voz.
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¡Seguramente me gustará mi amor! –respondió Magdalena con una dulce mirada.
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¡Falta poco para llegar! ¡Puede parecer algo distante pero no es así! ¡Las
cosas se hallan en el lugar oportuno! ¡Lo que está lejos no lo es tanto, y lo
que atisbamos cerca, nos puede llevar toda una vida el poder alcanzarlo!
La voz, esa precisa y
determinada voz, Magdalena la deseó escuchar desde siempre, y ahora se le
presenta íntegramente, en esencia, mostrándose nítidamente y en total esplendor. ¿La voz de Federico? ¡Naturalmente,
no puede ser otra más que ella, la de su amado Federico! Dicha voz viaja junto
a ella en dirección a la felicidad que ambos andan buscando desde que se conocieron,
desde el momento en que se confesaron su amor por cartas. Uno al lado del otro van
rumbo a lo desconocido.
Federico tomó la iniciativa,
deseaba enseñarle a Magdalena el lugar de donde procede, para que su amada comience
a conocerlo en profundidad, como si fuesen una pareja corriente.
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¡Te amo! --pronunció la boca de Magdalena, pero le fue imposible mantener el
control.
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¡Yo también mi amor!
Respondió Federico, y la suya,
su boca, no quedó rezagada, al igual que la de Magdalena, ambas acabaron
desplazándose hasta unirse en un intenso beso. Los amantes se disfrutaban
mutuamente sin importarle la propia realidad que les rodeaba, ellos únicamente
deseaban ser uno, fundirse para siempre en un indivisible cuerpo y dejar que el
tiempo hiciese lo demás; porque así lo han deseado desde que el destino, o como
asevera Magdalena, Dios, lo ha querido. Son conscientes de sus principios y de
sus aspiraciones desde que tomaron la decisión por carta de unirse en
casamiento hasta que la muerte los separe. ¿Hasta que la muerte los separe? Un
concepto demasiado comprometedor para llevarlo a cabo si uno de los dos no
llega a cumplir con su palabra, o lo que es lo mismo, si uno de los dos por
algún motivo ajeno a su voluntad deja de consumar la promesa. ¿Qué pasaría en
realidad si no lo hiciese? Que una de las partes quedaría en la estacada, sola y,
abandonada ante el cruel futuro que le espera. ¿Es el caso de Magdalena? ¡No lo
sabemos aún! ¿Pero ella es consciente del suyo? Por ahora se encuentra de
viaje, y la acompaña, Federico, su inseparable Federico.
El amor. Amor……., así de
redondo se expresa fonéticamente este concepto. Este elevado palabro es un
sentimiento conformado por tradicionales elementos de la condición humana, arraigado
en lo más profundo de la consciencia; pero si dos personas se unen con la intención
de abrazarlo, lo establecido, lo manifiesto, deja de serlo para consolidarse en
un acuerdo común, en una heroica energía. O lo que es lo mismo, en una nueva y poderosa
dependencia que los trasladará hasta el mismísimo paraíso de los afectos, al
lugar de donde no podrán salir jamás.
Magdalena nunca llegó a
imaginarse que el besar sería algo así como un soplo de aire fresco en la cara
después de una extensa cabalgata. Cerró los ojos, separó ligeramente los
labios, y permaneció simplemente en el lugar; no tuvo que esperar demasiado, al
instante, sintió el aliento de Federico junto a su rostro. La respiración del
hombre se entrelazaba con los latidos de su corazón, una alucinante sensación
si se tiene en cuenta. Poco le faltaba a Magdalena para terminar perdiendo la
cabeza, ¡este hombre, es el mismísimo diablo!, pensó; pero aun así, estaba
dispuesta a quedarse sin su extremidad superior. Qué se puede hacer, el amor
llega, se posesiona, controla la razón, y bien poco queda para influir en las
siguientes decisiones.
De la cabeza en estos
menesteres más bien se puede contar poco, únicamente, que el amor está por
encima de ella, y de las laceraciones corporales que se puedan sufrir, al menos
debe ser la experiencia de Federico, es lo que piensa Magdalena. El amor en sí
está por encima del bien y del mal, porque el propio amor es el porqué, la razón
de experimentar la vida en todo su esplendor, y por supuesto al límite. No es
nada sencillo viajar sin conocer el destino, y Magdalena y su cabeza, son
consciente de ello. Van sin destino aparente, pero con la sensación de llegar
tarde o temprano al vergel del amor.
El destino, y en consecuencia, el final del camino, pueden ser diametralmente
opuestos. Dicho camino, y en concordancia la distancia, no llegan a ser convenientes
a la equidad del amor. Nosotros estamos en un espacio inversamente proporcional
a la distancia de nuestros cuerpos en referencia con la carne y las emociones;
es decir, lo palpable es notorio, el amor no, pero el músculo, la carne,
reaccionan al ser motivados de la manera en que se haga. Y Magdalena ha
comenzado a saberlo, al igual que su amado Federico, a pesar de no ser más que
una cabeza al límite de sus sentidos; pero amar en el sentido mayor de la
palabra no es otra cosa que desgarrar la piel al máximo, hasta que los
sentimientos y los deseos, se pronuncien en algún “sentido”. Amar no es más que
soñar en presente, afirmaba Magdalena.
De la noche al día, del día a
la noche, se puede decir que estamos en una significativa espera, en un espacio
a temporal: en un “sí”, o en un “no”. En el centro de lo que pudiese ser y de
lo que no lo ha sido, en definitiva, de la vida. Delante nuestro están los lugares,
las sensaciones, las perspectivas; pero sobre todo, las decisiones, que nos conducirá
si somos capaces de tomarlas, al destino imaginado.
La existencia, el amor del que
hablamos, la distancia, la piel, la unión, la espera, y todo lo que anhelemos
sumarle, se concentra en la mirada de la persona que no permanece a nuestro
lado porque se ha marchado o porque el “destino” la ha situado en un plano
diferente al nuestro. Debemos intentar sentirnos dispuestos, preparados, porque
nunca se sabe lo que arribará con cada mañana.
Magdalena miró y su apreciado
envoltorio continuaba en el lugar que lo había depositado, en su regazo; dentro
se hallaba su amada cabeza. No estaba del todo segura lo que haría con la
misma. Una cabeza puede llegar a ser complicada dependiendo del punto de vista
en que se mire. Cabeza más, cabeza menos no tiene complicación mayor, pero
rotundamente se enmaraña la cabeza cuando no porta un cuerpo. Una cabeza no
puede marchar sin sentido por ahí. Magdalena, en su cabeza, en la de ella
propia, tiene demasiadas ideas, y todas, amorosas, con respecto a la cabeza de
su amado Federico, pero aún no sabe por cuál inclinarse. Poco falta para llegar
al destino codiciado, antes, ella sabrá qué hacer, se lo ha esclarecido su
cabeza.
Continuará………………………………………………….
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