" EL PRIMER AMOR DE LA ABUELA NENA" capítulo XIV

       En estos días el calor es sofocante y no se que hacer para librarme de él. ¡La humedad! Posiblemente mantener el cuerpo húmedo es una solución, al menos nos baja la temperatura corporal. Siempre he tenido una relación muy directa con el agua. Desde mis primeros años fuimos muy buenas amigas. Al salir del vientre materno todo cambió y me encontré con la realidad de un mundo árido y seco, pero gracias al agua, algo cambió con el tiempo. Vivir dentro del agua posiblemente sería para mi la mejor opción. Tengo una conexión sincera y profunda con el agua.
        Durante cuatro años la relación con mi caballero fue paso a paso más profunda, y para esta fecha ninguno de los dos podíamos estar sin el otro. Aunque solamente nos veíamos los días que mi padre había señalado, él siempre estaba junto a mi. Habitaba en cada rincón de mi cuerpo que aún no penetró, en las noches de invierno perdidas en la distancia, en las mañanas olvidadas de lluvia en el cuerpo. En el sonido de los adoquines lamentándose por la multitud constante de cada día. En mis comidas y en mis baños. Mi caballero es mi agua, la que recorre mi cuerpo cada día y la que se desliza por mi piel desnuda y en espera. Es el agua que no bebo para seguir teniendo sed, la que me alivia el alma y la que roza mis instintos carnales más primitivos.
       Todo comenzó una mañana de domingo antes de misa. Desde la noche anterior el tiempo había cambiado y en ningún espacio del día dejó de llover. Mi padre no dejaba de ver el reloj y mi madre de mirar al cielo, yo solamente esperaba que la puerta de entrada dejara escapar un sonido de llamada, para saber que mi caballero estaba del otro lado. La tormenta se hizo más violenta y el viento comenzó su danza incoherente.
__ ¡No creo que venga con este temporal!--dijo mi padre mirando por la ventana.
__ ¡Si viene está loco!--afirmó mi madre con entonación de sabio.
__ ¡No se cómo llegaremos a la iglesia! ¡Seguramente la misa no se dará!--fueron las palabras profética de mi padre.
__ ¡Aunque venga el diluvio, nosotros vamos a misa!--fueron palabras firmes y claras de mi madre.
__ ¡Entonces, en marcha!--habló mi padre.
__ ¡Aún es temprano y llueve mucho, posiblemente si esperamos un poco el tiempo mejore, y así no llegaremos mojados!--mis palabras no eran creíbles ni para mi.
       Mi padre tomó el paraguas y fue directo a la puerta con intención de abrirla, pero un segundo antes, la puerta habló. Era mi caballero con aspecto de barco hundido en las aguas más profundas del océano de los siete mares. Por su apariencia había sido derribado algo más de un siglo.
__ ¡Está usted siempre detrás de la puerta cuando la voy abrir!--dijo mi padre--¡Dónde se ha metido usted hombre! ¡Mojado pierde algo de encanto! ¡Es una broma, para que entre en calor! ¡Pase y no se quede parado ahí que le van a salir escamas! ¡Tendré que darle algo de ropa porque si esperamos que usted esté seco el cura se jubila! ¡Qué se cambie mujer, le busco uno de mis trajes creo que estamos en la misma talla!
__ ¡No se moleste, voy así a misa!
__ ¡Si el cura lo ve con ese aspecto lo deja en la entrada como pila bautismal! ¡Es una broma! ¡Venga que es tarde! 
       Mi padre lo llevó hasta el cuarto de baño y le entregó el traje para que se cambiara de ropa. Le quedaba algo corto y algo holgado, pero mi caballero sabía sacar partido de un contratiempo.
__ ¿Estamos listos? ¡En marcha familia!--dijo con seguridad mi padre.
__ ¡Padre debo ir a mi habitación, he dejado el rosario!
__ ¡Venga, pero deprisa!
       En ningún momento lo que iba hacer lo tenía pensado. Fue un impulso que llegó hasta mi cuerpo desde la tierra y se apoderó de mis ideas. Entré al cuarto de baño y en una vasija vacía que tenía para los perfumes, dejé caer todo el líquido que contenía las ropas de mi caballero. Extraje de ellas hasta la última gota de agua. Lo cerré y lo guardé en mi tocador.   
       Mis queridos nietos, el calor está acabando con mi persona, la próxima semana estaré nuevamente con vosotros. Ahora voy al encuentro del agua.

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