" EL PRIMER AMOR DE LA ABUELA NENA" capítulo XVII

Quiero pedirles un poco de paciencia porque he estado perdida en algo más de una semana. El tiempo, el implacable que me rodea cada día con premura, me ahoga con sus brazos y no me quiere soltar. El tiempo cruel para mis años y malvado para mis huesos. Cuando el viento del norte llega desde la montaña a mi casa, sé que en la noche mi cuerpo gastado no encuentra reposo. Tanto la humedad como el viento no son mis aliados, y tengo que lograr un pacto para sobrevivir, ellos no entienden de mis achaques, y yo no he logrado en ningún momento convencerlos para que me dejen alguna que otra noche soñar en paz. Con el viento aprendí a escuchar los sonidos continuos y monótonos que me atormentan de forma insistente, pero de alguna forma, comparto su música repetidora; es lo que en muchas ocasiones me hace sentir que estoy viva. En cambio para la humedad, protejo mi cuerpo con un ungüento que cada año preparo al llegar la primavera, y expongo a la luna cada noche durante setenta y siete días seguidos. En la última noche lo pongo a fuego lento para que pierda las impurezas y luego me froto el cuerpo con él, sin dejar espacio de piel libre del aceite milagroso. Con esto mantengo a raya la humedad, lo que sucede, que muchas veces se me agota antes de que cambie el tiempo y me encuentro perdida sin mi protección. Saben de dónde me llegó la idea de frotar mi cuerpo para aliviar los dolores, de mi caballero, de mi inolvidable frasco de gotas de lluvia que logré en la mañana de domingo de un día bien claro en mi mente.
Con el frasco en la mano, segundos antes de inclinarlo ante la cazuela, tomé la egoísta decisión de guardarlo solamente para mí. No era necesario compartirlo, si la lluvia llega en cada temporada, y casi siempre cae para todos, gotas más o menos, no hacen un rió. Era la cosa más tonta que pasó por mi mente. Guardé el frasco en el escote, y con la cuchara de madera, logré un remolino en el interior de la cazuela, hasta dejar los vegetales inconscientes y perdidos, tanto, que la cebolla comenzó a llorar de una forma desconsolada. Las cosas sin importancia, banales para muchos, en otros pueden llegar a lograr connotaciones ilimitadas. Todo lo que llegaba de mi caballero era especial, extrasensorial y agorero, y si no fuera así, yo, con mi poder ilimitado y transgresor lo trueco en divino. Con el único poder que conocí por él, amar sin condición.
La tarde terminó, con un café humeante y una promesa, me prometí, que aunque el tiempo, los vientos, y la humedad malogren mi cuerpo, yo mantendría el pequeño frasco por siempre, lo más cercano al corazón, y así ha sido. Mi caballero siempre me acompañará.
Creo que es la hora de regresar a la cama, no se si es tarde o muy temprano, pero debo poner el cuerpo en horizontal. Se me olvidaba, del frasco no toqué su contenido, y el ungüento que me paso por todo el cuerpo en las noches húmedas, su fórmula, es secreta.   

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