" LA EPIDEMIA "

La información se extendió como la pólvora. Rápidamente, cada rincón del país fue consciente de la gravedad del asunto. El mundo debía de ser alertado para que se pudiera tomar una decisión lo antes posible. Un locutor daba la información en la radio: "El ser humano, va perdiendo la memoria día por día". Cuando la noticia se hizo pública, la humanidad estalló en desesperación. Por suerte el mal no azotaba con la misma intensidad a todos los países, unos con menos casos, otros con más. En los países más pobres, los casos se podían contar con los dedos de las manos; porque su pobreza era tan grande, que no tenían razones para recordar lo que no habían vivido.
En pocos días, el pánico fue colectivo, no se sabía científicamente la causa que provocaba esta acción en cadena. Se llegó a pensar en un estrés producido por los cambios violentos de la bolsa, pero esta opción no es válida a todos los países. Algunos científicos llegaron a plantear que el germen estaba en una posible epidemia, la llamada crisis moderna de "valores"; pero todo no era más que simples conjeturas.
Solamente la ciencia tenía en sus manos la solución de esta catástrofe, la única capaz de salvar a la humanidad; pero una sola cosa preocupaba a los investigadores, que la posible epidemia atacaba por igual a la raza humana, lo cual es un conflicto,  porque dentro de raza humana están los científicos. Ellos como mortales, también están expuestos a la pérdida de la memoria antes de llegar al análisis del problema.
El mal siguió con su paso constante y cruel, y a estas alturas, lo que había pasado un mes atrás, ya no era recordado. En algunos casos los síntomas eran menos agudos, esto daba la posibilidad de llevar una especie de diario de todo lo que sucedía en el país, a la vez que se informaba al mundo de los últimos acontecimientos.
Los psicólogos borraron de sus manuales las teorías sobre los sueños. Los hombres dejaron de soñar, y los que lo hacían, nada recordaban al despertar. 
Una madre dejó olvidado a su hijo en el supermercado, cuando llegó a casa, notó que algo le faltaba, con prisa fue al mercado, pero nunca más regresó. En las calles, los transeúntes tropezaban unos con otros, sin saber hacia dónde poder continuar. Esto trajo que las familias se desintegraran, para conformarse otras sin sentido. El caos llegó a ser total, algunos se acordaban de algo que otros no recordaban, y viceversa. La policía detenía a los malhechores, y al llegar a la comisaría, los soltaban por no tener motivos penales. Esto trajo que el robo en algunas esferas de la clase social fuera aún mayor, en otras, se robaban ellos mismos; porque, ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón.
Dos señoras conversaban agitadamente en lo alto de un árbol. La más gruesa, vociferaba a la amiga.
__ ¡Miau..................m. Mia.........Miauuuu!
Lo que en castellano es algo así.
__ ¡Te voy a comerrr.........!
A lo que la segunda, más presta que perezosa objetó.
__ ¡Pio pio, pio gruuuun......ssss!
Que no es otra cosa.
__ ¡No soy pájaro, soy leó......n!
Y se la comió.
Poco a poco, llegó el momento de no pensar en nada, dejó de existir el propósito. Lo que ayer era fascinante, ahora no era más que insípido. El hombre se convirtió por hecho en enemigo del propio hombre, en esclavo del tiempo que le tocó vivir. Lo que en un minuto pasó, en el próximo dejó de ser transcendental. La vida comenzaba y terminaba con una facilidad extraordinaria. Los habitantes huraños se maltrataban constantemente, pero lo más triste, sin ningún porqué. La tierra se impregnó de silencio y odio, no había estímulo alguno, aparte de la muerte. La incomunicación destruyó el planeta.  

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