"LOS AMANTES DEL 26"

                                                         

                                                                          --4--

                 Un paso, dos, tres, cuatro……, el cuerpo de Federico se desplazaba sin rumbo fijo por el Parque Central. Su brazo, en un ángulo de noventa grado, aún mantenía dentro del puño el tallo de la flor; en cambio, la otra mano, escudriñó en uno de los bolsillos del traje, y maquinalmente extrajo lo que parecía una carta. La última carta recibida de su amada. Era lo que habían acordado, cada uno llevaría la suya para estar seguros. Una escena conmovedora. Un cuerpo que deambulaba sin su cabeza. Cinco, seis, siete……., continuaba dando pasos Federico. El viento se agitaba por momentos formando mangas de remolinos a los pies del pedestal de la estatua del poeta, como si el bardo le quisiese indicar que a su lado se hallaba la extraviada cabeza.
                 Cuando Magdalena se encontraba a mitad de camino entre las escaleras y las habitaciones del casero, su corazón recibió un pálpito, un vuelco que la elevó unos centímetros del suelo, haciéndole torcer considerablemente el cuello. --¡Federico, Federico, Federico…….!-- No dudó, algo le sucedía a su amor, estaba segura de ello, esa punzada en el corazón no debió ser en vano. --¡La ventana!-- Susurró Magdalena. Y cual ser desorientado y perturbado en lo más sensible de su alma, tomó las escaleras rumbo a su habitación. Al llegar, la luz penetraba nuevamente por la misma. La plancha de metal que se había desprendido momentos antes de alguna parte del viejo edificio, ya no se encontraba en el cerco de la ventana, y por lo tanto, nada impedía la visión, se podía mirar hacia el exterior. Y fue lo que hizo Magdalena, mirar, mirar en dirección al Parque Central, mirar y vio. Vio un desorientado cuerpo sin su cabeza llevando en la mano lo que antaño había sido una flor. Un cuerpo que vestía de dril blanco. --¡Es Federico, mí Federico!-- Sus ojos se humedecieron en un instante, y en el mismo, tomó las escaleras una vez más, pero ahora en dirección a la calle, debía llegar cuanto antes al parque. No era el momento de atar cabos en referencia a lo que estaba ocurriendo a su alrededor, pero algo en su interior le decía que no podía mantenerse ajena al desastre. El ciclón, el malintencionado ciclón, con su poder absoluto, cambió sus planes.
                 La calle no era la misma. Todo se hallaba patas arriba. El fuerte viento continuaba arremolinando el polvo y lo que encontraba en su camino. Los pocos transeúntes que sobrevivían  al caos intentaban como mejor podían mantener su cuerpo en equilibrio para que la ráfaga de poniente no los arrastrase cual volátiles hojas de un lado hacia otro. Magdalena atravesó la avenida como mejor pudo. La mayoría de los árboles habían sido arrancados de cuajo. Ya en el parque, se sintió más calmada, al menos en apariencia.                
                 El ciclón azotó con ganas durante la madrugada, amaneciendo dio una tregua, para reanudar su belicosidad aproximadamente una hora antes de la cita de los amantes.
                 Lo que Magdalena había contemplado desde su habitación, en nada se podía comparar con lo que ahora presenciaban sus ojos. Un parque completamente diferente. Lo poco que se conservaba en pie era la estatua del poeta, porque el cuerpo descabezado de Federico, yacía inerte encima de unos ramales. Magdalena ni siquiera se cuestionó el llegar a dudar o no al acercarse lentamente a su amado. En una de las manos el hombre sostenía aún el tallo de la maltratada flor, en la otra, sus dedos se mantenían aferrados a la comprometida misiva. Federico no se desprendió de la flor ni de la carta a pesar de no llevar cabeza, como si le fuese la vida en ello. A Magdalena le entró un irresistible deseo de llorar y de maldecir al mundo por lo que le había sucedido a su Federico. Para entonces el traje de dril blanco ya no era el de ante, ahora mostraba una tonalidad púrpura, al igual que su vestido. Una macabra elección el haber elegido un vestido rojo. Por algún desconocido impulso se le ocurrió cuestionarse Magdalena. Habrá sido una coincidencia del destino o desde mucho antes, desde siempre, el amor que se profesaban ya estaba condenado irremediablemente, y el haber elegido ella un vestido rojo con tantos meses de antelación le estaba advirtiendo de que el encuentro no debía producirse; pero cuando se ama con devoción y entrega --aunque sus manos y su mirar no se hallan tocado jamás-- como lo han hecho estos amantes durante tantos años, las señales del destino pasan de largo como un tren sin riendas ni estación. Magdalena hincó las rodillas en el suelo y se fundió en un profundo abrazo con su Federico. Terminó llorando, lloró como nunca antes lo había hecho, y el flujo constante de lamentos daba a entender que por ahora, la lagrimal cascada continuaría con su acometido, el de disolverse entre los cuerpos de los amantes. Sólo entonces Magdalena comprendió que Federico ya no era el mismo, en parte ya no permanecía, se marchó sin llegar a comunicarse personalmente con ella. Los pensamientos de la aturdida mujer permanecían desencajados, y no estaba segura de cuál sería el siguiente paso que debía dar.
                 El viento se hacía firme e intenso por intervalos, arremolinándose cada vez más sobre la ciudad. El mayor de los elementos u objetos parecía en sus manos una sutil pluma de ave, elevándolo por los aires y desapareciéndolo como en una exhalación. ¡La carta! En su extraviada cabeza Magdalena recordó la carta, la que llevarían por si las dudas llegaban a ser pesadas. Federico continuaba aferrado a la suya, la de ella se mantenía oculta dentro del escote del vestido. --¡No está bien dejarla en sus manos, terminará perdiéndose!-- Se cuestionó Magdalena, y venciendo sus temores, tomó su mano. Poco a poco fue apartando cada uno de los dedos de Federico que se asían firmemente al papel. Cuando iba a izar al último de ellos, una corriente helada brotó de entre el pecho de los amantes y Magdalena fue lanzada de golpe a los pies de su amado. La carta se elevó al cielo, y el cuerpo de Federico que permanecía boca arriba, sin la menor condescendencia fue volteado y despedido unos metros más adelante, haciendo que el tallo de la flor escapase igualmente de su otra mano. Magdalena desde su desfavorecida posición intentó seguir la trayectoria del papel, pero le fue imposible, terminó perdiéndose entre la polvareda y la nubosidad. La mujer miró a su alrededor, y no vio a nadie que la pudiese ayudar.
                 Antes de que comenzase la última de las ráfagas de viento los pocos y maltrechos transeúntes que se movían por el parque huyeron despavoridos, como mejor le permitieron sus apagadas piernas. El desconcierto era de tal magnitud que los servicios de socorro, el cuerpo de bomberos, o la mismísima policía urbana, no hicieron acto de presencia por hallarse seguramente ocupados en otros menesteres de mayor relevancia. Magdalena se encontraba desamparada ante una situación que se le desbordaba por donde quiera que la mirase. Ella, el cuerpo de su amado sin cabeza, y el convulso ciclón que presumía de indivisible autoridad, eran desde ahora, taciturnos compañeros en una causa posiblemente perdida. El parque daba la sensación que se esfumaría de un momento a otro, llevándose tras de sí hasta el último elemento que habitaba en el mismo. Todo aquello era una locura sin sentido. ¿Qué podía hacer ante esta desbordada situación una mujer sola? No lo sabía, y lo más alarmante, no llegaba a reunir las fuerzas necesarias para salir corriendo de la encrucijada en la que estaba metida. Sus órganos y su razón, se habían bloqueado definitivamente. Magdalena se hallaba en un  callejón sin salida.
                 Por el extremo oeste, de lo que aún permanecía del Parque Central, penetró una enloquecida corriente en espiral, y a medida que avanzaba fue tomando potencia, dimensión, y malignidad. En diagonal la espira franqueó el parque hasta instalarse en su mismo centro, alrededor de la estatua del poeta. La acorraló. La rodeó como si quisiese succionarla. --¡No podrá mantenerse en pie!-- Se dijo Magdalena que no apartó ni por un instante la vista del remolino. La figura del marmoleño poeta continuaba firme, sus pies se mantenía aferrados a la base, negándose a doblegarse ante la advertencia de la madre naturaleza. La estatua resistió una vez más, y lo hizo con la mayor dignidad, pero la cabeza de Federico, que aún continuaba sobre el pedestal, se puso en marcha; rodó, rodó y rodó hasta caer al suelo. Magdalena siguió con la mirada la trayectoria de la cabeza, no lo pudo evitar. Comprendió que este era el momento, y no otro, que si no lo hacía ahora, no llegaría a ver la imagen real de su amado, la que tanto soñó y deseó durante estos largos años; porque esta, y no otra, es la oportunidad de su vida, de mirarlo directamente a la cara. Titubeó por unos segundos. El viento azotaba sus cabellos, y sus pensamientos, agotados en extremo, no encontraban salida al exterior. Dudó, ella dudó. Dudó si debía continuar junto al cuerpo de Federico, o perseguir la cabeza que circulaba sin control por el parque.

                 Años más tarde Magdalena comprendió que la decisión tomada fue la más sensata, aunque en ese instante pareciese todo lo contrario. Cuando acaecieron dichos hechos, ella no se sintió segura de los mismos, una incógnita demasiada pesada de llevar para un tiempo deleznable y para una apabullante soledad. Aun así, ý sin saberlo, había tomado la decisión de su vida. A la que correspondía aferrarse, y no a otra. Magdalena se incorporó lo mejor que pudo, dejando el maltrecho cuerpo de Federico disperso, olvidado en el espacio, y corrió en busca de la cabeza. Como un cuerpo es demasiado llamativo y pesado para ser trasladado sin levantar sospecha, se le ocurrió, que lo más inteligente y ligero sería acarrear con la cabeza; porque con este ciclón seguramente le esperaba un agotador viaje de regreso a su provincia. --¿Es posible que piense en una locura de tal magnitud?-- Se preguntó Magdalena súbitamente con la intención de encontrar una respuesta, pero desafortunadamente no la halló, sus pensamientos e intenciones naufragaban en un mar de incertidumbres; en cambio, sin que ella misma lo esperase, sus manos se apoderaron de la ennegrecida cabeza. La contemplo un largo instante, después la besó, como se lo había imaginado si las cosas hubiesen sido de la manera acordada. ¡Federico, qué nos ha pasado por dios! ¡Te prometo que jamás te dejaré amor mío!            

Continuará………………………………………………….
          


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