“CUENTO NAVIDEÑO”

                                   
Se escucha música sacro. La acción se desarrolla en la actualidad. En algún lugar estratégico de nuestro planeta. Amanece. Un hombrecillo se haya acostado sobre una cama. Abre los ojos y se despereza lo mejor que puede. De un golpe se pone en pie, se estira aparatosamente, y comienza a bostezar cual fiera en madriguera. Da un paso, dos, hasta terminar colocándose frente al espejo. Viste un camisón blanco de encajes que le cubre los tobillos y los brazos hasta la altura de los puños. Sobre su cabeza lleva un gorro de lana blanco con un pompón en su extremo. Bosteza una vez más y comienza a escudriñarse detalladamente. Su aspecto es completamente soñoliento. Se mira y se vuelve a mirar desde todos los ángulos posibles de su anatomía, pero ya nada le sorprende.

El hombrecillo: ¡Es la hora! ¡Un año más! (Mirándose en el espejo) ¿Todavía tienes sueño cabroncete? (Se rasca la cabeza) ¡Sí, ya sé que estás ahí! (Sonríe entre bostezos) ¡Sabía que estabas ahí! ¿Otro día no? Y al parecer será un estupendo día, pero hay que trabajar. ¿No eras tú el que lloriqueabas por las esquinas suplicándole a todos los santos y a la virgen que te diese un curro para mantener a la familia? Pues ya lo tienes, y es un trabajo fijo, sin competencia y con un contrato indeterminado, hasta fin de existencia. (Se da una palmada en la cara) ¡No te puedes quejar! Eres lo que se dice un privilegiado de estos tiempos. (Con el dedo índice se hurga el párpado inferior de su ojo izquierdo) Al parecer no he dormido bien, he dado demasiadas vueltas en la cama, y para qué, para terminar en el mismo punto en el que comencé. (Se quita el gorro que lleva sobre la cabeza) Para los años que tengo aún me conservo de maravilla, es lo que tiene el vivir en el interior. Constantemente se lo recuerdo a mi mujer, no hay nada como vivir rodeado de verdor y en paz absoluta, el estrés no forma parte de mi personalidad. (Pausa) ¿Por qué me miras de esa manera? (Acercándose al espejo) ¿Qué me dices, que exagero? No, para nada, solamente estoy diciendo la verdad. (Se le escapa una carcajada) ¡Bueno, puede que haya algo de desviación profesional en mi actitud, tantos años haciendo lo mismo uno termina creyéndoselo, aunque he de confesar que estoy muy orgulloso de mi estampa, de mi color, y de mi humor! (Se quita el camisón) Naturalmente que una parte fundamental de mi felicidad proviene de……. (Con el dedo índice señala al techo) Soy un hombre afortunado, sumamente afortunado, y nada ni nadie podrá arrancarme del pecho esta felicidad que me colma. (Se olfatea el sobaco izquierdo y a continuación el derecho) Tendría que darme una ducha pero el tiempo apremia, debo de estar listo……. ¡ya!, y ponerme en marcha lo antes posible para que no me pille el tren.
El hombrecillo va hasta el armario, lo abre habilidosamente con el pie, y toma el primer traje que ve. Cualquier traje le vendría bien porque todos están confeccionados bajo la misa hechura y ostentan el mismo color. Se dirige al espejo y comienza a vestirse.
El hombrecillo: ¡No es para tanto amigo, me es imposible evitar este humor guanaco que se me ha pegado! ¡Por la rechúncharara! (Ríe. Dialoga con el espejo) Soy un hombre familiar, yo diría exageradamente familiar, no puedo estar sin la familia, no soy nadie sin ella, la familia me embulle, la familia me amodorra, la familia me gelatinea, y en estos días me cuesta comportarme adecuadamente sin ella, y tengo que hacer un esfuerzo mayor, pero el deber es el deber y las obligaciones están por encima de los sentimientos. (Se coloca las botas) Mi mujer lo sabe, sabe que lo hago con sólido argumento. (Comienza a silbar una cancioncilla silvestre) Ella es de arriba. (Señala una vez más el techo) ¡Yo de aquí y ella de allá! Nuestro matrimonio es un matrimonio étnico, lo que llaman los desaprensivos erróneamente interracial, una combinación de opuestos, que no es otra cosa que lo contrario de lo establecido; pero me repampinfla las verijas lo que digan los demás porque soy feliz. Junto a ella he fortalecido aún más los lazos familiares, lazos que van más allá de nosotros, y sobre todo he puesto punto y final a los mitos que tanto daño hacen a la estabilidad doméstica. (Comienza a peinarse. Cambia su tono de voz) ¡Que las suegras son esto! ¡Que los cuñados patatín! ¡Que los hijos cuando crecen son-son-són! ¡Que los suegros son lo otro! ¡Que las hijas placatán placatún! ¡Que las cuñadas rasputín tin tín! (Se pone a bailar) ¡¡Azúcar……!! (Llena los pulmones de aire) ¡¡Pamplinas!! ¡¡Puras pamplinas!! Mi suegra es todo lo contrario, yo la compararía con un mar en calma, con un mar de…….amores. Hoy, antes de entrar a trabajar pasaré primero por su casa para darle un besote, porque me place, porque me sale del alma, porque se lo merece, y porque me brota de mis más profundas raíces familiares. (Termina de arreglarse el traje y de acondicionarse los mechones de cabellos) Y qué decir de los cuñados, los mismos no son nada altivos y muy activos si son varones, si nacen hembras son comprensivas y propensas a tender “puentes” a cualquier hijo de vecino porque su generosidad no tiene límites. (Toma aire nuevamente. Se observa por delante y por detrás) Por otra parte los hijos son angelicales de pequeños, y al crecer, cuando se les desarrolla las alas terminan siendo angelotes, puros angelotes que nos resingan la existencia…….. ¿Qué he dicho? ¡Perdón, es que……! (Apunta con sus dedos a manera de pistola hacia el espejo) ¡Okey makey! (Desafía al espejo) ¡Sé lo que me vas a decir, que mi aspecto no es el mejor, que tengo un aliento de mil invertebrados, que no me relaciono con los que debo relacionarme, que la luz solamente me da en media cara, o que este color verdecino que poseo es impropio e inversamente proporcional al ideario familiar! (Baila, o más que bailar, danza macabramente ante el espejo) ¡Crrrr……crrrr! (Carraspea y traga en seco) ¡Ya po, es hora de encontrarme con ese viejo obeso, comunista y embaucador de mierda!
El hombrecillo se mira por última vez al espejo, chasquea los dedos, y parte hacia la puerta.
El hombrecillo: ¡Este año lo moleré a hostias! ¡Venirme a mí con el cuento de la navidad! ¡A la mierda la navidad, el viejo, y toda su familia! (Abre la puerta, y como una bala la atraviesa)
El hombrecillo: (En off) ¡Ya verá esa bola de cebo quién es el que manda en este negocio! ¡A mí se me respeta, como que me llamo el Grinch!
                                                                                      Fin.



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