" DIARIO DE UN ASCETA SEXUAL "

                 En muchas ocasiones me pregunto, qué si hace dos años que no practico el sexo en toda la palabra, ahora no es oportuno desgastarme en una noche de pasión loca. Las vitaminas y nutrientes que se acumularon en mi cuerpo, no las voy arrojar por la borda; por un capricho de mi órgano cabezón. ¡Sí, sé que las tensiones me pueden llevar a un estado de distensión muy grande; pero estoy dispuesto al sacrificio. Nada se compara con el privilegio de sentirse puro, intachable. ¡Soy un hombre puro! Mi pureza es muy sencilla, lo que ocurre; es que cuando pasan los días sin fluir la sangre en todo su caudal por el sexo, me siento un deportista de élite. Por otra parte, me siento cercano al cielo, abandonando los hábitos inmundo de don Juan, por la sencilla sotana sin pecado. Cuando hablo de dos años, es en toda la extensión de la palabra, sin ocultarme entre cuatro paredes para echar a volar la imaginación con ayuda de manos y fotos añejas. Encima de mi escritorio, en la pared, se ve en un calendario del año mil novecientos noventa y cuatro, la imagen de una joven desnuda sobre un lecho. En el pezón izquierdo del seno primero, pero por la parte de atrás, he marcado el día veintisiete del mes de julio. Es la fecha que comenzó mi celibato. A partir de aquí comienza mi historia.
                 Fui transformado quizás por alguna suerte del "destino".Mi vida cambió en la primera noche del segundo mes. Muy próximo a las doce campanadas, desperté de un sueño con mi órgano sexual erecto. No era posible que cometiera este error debido a mis principios de recogimiento. Sin pensarlo dos veces lo miré de una forma brusca y firme. Pero no obtuve respuesta de él. ¡No podía ser,que la vida me deparara este destino! Entonces, fue cuando me di cuenta que todo esto no era más que una señal divina. Para olvidar la lujuria, mi sexo estaba ligado a mi destino. ¡Claro! Todo fue más lógico.Ahora mi sexo sería mi "destino".
                  Cual sonámbulo, con mi "destino"al frente, bajé las escaleras de mi cuarto sin desprenderme de los sueños. Ya en la calle, me orienté por el instinto, no quería dejar mi vida, a la suerte de un destino algo torcido. Creo que la rectitud de un destino comienza desde la infancia. El destino puede ser más o menos negro, pero no es importante a la hora de la verdad. Apoyado en mi sexto sentido recorro la ciudad, penetrando por los escondrijos desconocidos hasta ahora por mí.
                 A pasos lentos pero continuos, llego hasta el centro de un parque. En los bancos, las parejas se mezclan en un abrazo interminable, y en uno de ellos, me veo a mí. Veo una hermosa cabeza de mujer, pero no la recuerdo entre las cabezas de tiempos lejanos. Sé que estoy junto a ella, en ese banco, que ahora yo observo desde mi posición privilegiada. Mi cabeza da vueltas, está algo ebria, toma a la mujer y la intenta seducir por la cintura, sin ponerse a pensar que puede estar un destino al acecho. La mujer  a horcajadas doma a la cabeza masculina. Él está sentado en el banco, ella sobre su destino. Con movimientos industriales, lanza la falta al viento. Entre mi banco y el otro hay un árbol que me protege, pero justo, delante de una rama, llegó la falda a rozar algo más que mi nariz. En este momento mi destino se apartó del camino, y se sentó junto a mí como un hermano en desgracia. Él la toma por la larga cabellera y le aconseja detener la marcha. Su cabeza y su tronco giran en círculo perfecto, casi rozando el suelo; de un golpe, afianza las rodillas en los adoquines, y se prende al destino como única tabla de salvación. Yo estoy, pero no soy. De entre mis piernas un líquido intenso y espeso se escapa. En un instante perdí mi destino.
                 Mirando entre las ramas, veo una silueta que se aleja sola en la noche. Mi banco, el segundo, permanece oculto con mi sombra detrás del árbol.¿Qué puede hacer uno, cuando la soledad nos llega desde nuestro propio cuerpo? De mi cuerpo se escapó el destino, se fue por el mismo camino que años antes había florecido entre mis piernas.
                 A mis pies, en el pavimento del parque, reposa en paz mi destino.¡Parece tan inofensivo, con su cabeza besando el suelo. Quien lo viera desde donde yo estoy, le parecería un niño indefenso, que solo quiere su alimento. Lo tomo entre los brazos, y con el pañuelo le limpio el líquido que momento antes expulsó por su diminuta boca de ángel, en expresión de malcriadez consentida. Por su posición casi embrional, y su figura menuda, debe tener algo más de una hora de nacido. Nunca antes había tenido el destino en mis manos. No sé bien, si es un destino-bebé, o un bebé sin destino. Todo me es muy confuso.
                Pronto amanecerá, y todavía me encuentro en este parque, sin saber hacia dónde encaminar los pies al llegar la mañana. ¡Debo ponerle un nombre a mi retoño, soy su padre! Tomo al pequeño y me lo guardo en el bolsillo de la camisa. No quiero que las personas, al pasar a mi lado, me tomen por un padre descuidado al ver su desnudez. Pensándolo mejor, a partir de ahora, sin que nadie se interponga y bajo mi absoluta voluntad, voy alimentar y a criar a mi propio destino.

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