" EL PRIMER AMOR DE LA ABUELA NENA" capítulo XVI

       El día de domingo lluvioso, después de misa, mi madre invitó a mi prometido a la casa para que probara de nuestro almuerzo. El pobre, estaba muy cortado porque llevaba puesto el traje de mi padre y al parecer no se sentía cómodo. Lo mejor fue que a la salida de la iglesia había escampado, porque no se si mi padre estaba dispuesto a donar por unas horas otro traje de su pequeña colección, que guardaba con tanto celo. Creo que la invitación para comer ese domingo, fue con la única intención de que el traje de mi amado dejara de gotear y volviera a su antiguo dueño, a él. Un plan elaborado por mi padre con la colaboración de mi querida madre. Mi padre no era un hombre con poder económico, pero era un hombre afortunado en trabajo. Estaba dispuesto a trabajar en lo que fuera. Sin ser un hombre culto, más bien semi-analfabeto, se manejaba con soltura en cualquier disciplina o labor, y las ideas le brotaban a tropel pero en un orden racional. García, era el apellido de mi padre. En cualquier momento, y a cualquier hora del día, la palabra García llegaba hasta nuestra puerta en reclamo de su portador. Mi padre estaba orgulloso de su apellido, lo vestía con honestidad, como vestía su cuerpo con sus trajes. ¡Nunca mi padre salió de la puerta de su casa en manga de camisa! Su tarjeta de presentación era su imagen, y su palabra su apellido. Un apretón de mano y una palabra, una sola, suficiente para cerrar un trato; la palabra García. Mi padre decía:
__ ¡Mi apellido es mi crédito, mi garantía, y mi traje, mi serenidad, mi franqueza!
       Genio y figura hasta la sepultura, y de aquí no había quien lo moviera una pulgada. Sabiendo esto, lo del traje prestado por un momento a mi prometido, le estaba desgastando su intimidad; pero por su Nena, estaba dispuesto a transferir los mares al desierto, sin oportunidad de retorno. Así era mi padre, recto por vocación, y de ideas fijas por definición. Un hombre que muy pocas veces pestañeaba, porque cada acción de cerrar los ojos podía parecer que dudaba, y eso no entraba en su mundo estrictamente moral.
       Mi madre, fue hasta la cocina de carbón, y antes de poner el guiso en el fuego, puso la plancha junto al calor, para dejarla lista y dispuesta al planchado de las ropas de mi caballero.Deseaba tenerlas en mis manos y encontrar las formas de su tela, y el secreto oculto en sus bolsillos. La textura de su cuerpo, y el calor en su interior, pero mi madre sentenció:
__ ¡Nena, prepara el guiso, que yo plancho las ropas de Ramírez!
       Le rogué con disimulo, le imploré con desgano, le pedí con promesas, pero todas las palabras fueron al viento sin esperanza de conquistar los oídos de mi madre. Terminé con el cucharón en la mano, la cazuela ante mis ojos, y una idea sin sentido fija en la mente, utilizar el frasco con el líquido que obtuve del traje de mi amado como aderezo en el guiso. Un buen plan, para que el contenido del traje de mi caballero en forma de líquido, fuera bebido por todos, hasta llegar a la profundidad del alma de cada uno de nosotros. El poder de las cosas que se atraen.
       Siempre estuve segura de mis ideas y de mi fuerza, ahora, con los años, es que estoy dudando y tengo miedo perderme cuando llegue la hora; pero todavía puedo dar alguna batalla, aunque ahora tengo que descansar y pensar que voy hacer en esta semana larga y húmeda. Ya les contaré de mi frasco adorado. Hasta la próxima semana mis queridos nietos.

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