"""" LOCOS """"


               
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                  Cerca de mi casa había un parque, y desde mi diminuta estatura todo me parecía infinito. Los árboles de sauce llorón  eran monstruos con enormes tentáculos que daban la impresión de atrapar todo lo que se moviera a su alrededor. Entre ellos se mezclaban y no dejaban pasar la luz del día. Pocos eran los rayos de sol que penetraban por algún claro de los mismos. Los  sauces no eran los únicos dueños del lugar, la variedad era amplia, pero solamente guardo en el recuerdo estos hermosos gigantes.
                Por todo el parque existían amplias islas de tierras con diferentes palmeras e hileras de bambú completamente alineadas unas de otras, que hacían un círculo alrededor de estos montículos. Para mi pequeña persona, no eran más que sublimes colinas donde jugaba a deslizarme por ellas y a esconderme de los visitantes ocasionales o permanentes. Sin darme cuenta descubrí un mundo nuevo, un espacio que fui conquistando con mi fidelidad y mi constancia; y en este universo, por vez primera conocí el significado de la palabra locura.
                Como mi visita era diaria, sabía con exactitud la entrada y salida de cada uno de sus visitantes. Los que pasaban cada tarde con su andar monótono y extenuado por la larga jornada laboral, o los que de vez en cuando, dejaban caer su cuerpo sobre la piedra fría del banco, para perder la mirada en la distancia, en la nada. La mayoría de estas personas atornilladas al asiento eran muy mayores, y daban la impresión de estar esperando algo inevitable, algo que en algún momento llegaría sin avisar. Junto con los sauces, estos ancianos me conmovieron.
                Había jóvenes parejas que compartían diversos fluidos por toda su anatomía corporal, sin ninguna prisa ni pudor. Cada uno impregnaba el cuerpo del otro de sudores y salivas que al parecer enrojecían la piel del contrario. Estos encuentros eran muy molestos, no para mí, sino para las acrobáticas parejas que terminaban con el cuerpo dolorido después de la larga sesión. Para la mayoría, estos amantes eran impúdicos y estaban todos locos. Yo no comprendía  muy bien estas muestras de entrega, pero en ningún momento me molestaron. Fue entonces cuando tuve la curiosidad de algún día experimentar la locura.
                Tenía la ventaja de que la escuela en que estudiaba estaba en una de las esquinas del parque, para ser más exacto, los dos formaban un todo. En este colegio la enseñanza llegaba justo hasta entrar en la universidad o algún estudio superior, y desde la ventana del aula, veía mi parque.
                El fin de semana asistía al parque a cualquier hora del día. En la mañana, se podían ver uno o dos padres que de forma intermitente llevaban a sus hijos para que gastaran las energías saltando y corriendo. Fue el método que encontraron para no perder la paciencia durante el dilatado sábado y domingo. En la tarde, una sola persona permanecía en uno de sus bancos, siempre en el mismo, el banco más apartado, el que daba la espalda a una de las islas preferidas por mí. Con el tiempo supe, que siempre estuvo en el parque, y con el tiempo, dejó de ser uno más, para ser el “Chícharo”.


Continuará.........................................

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