CONFESIONES DESDE EL TÁLAMO





                           “CUALQUIER DÍA EN LA VIDA DE ALEJANDRO”
           
                                                   
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                 Los hechos sucedieron de la siguiente manera. Él, salió de su casa bien temprano en la mañana, mucho antes de la llegada del amanecer. Ese día, ese insignificante día, debía estar en su trabajo con dos horas de antelación porque partirían desde la oficina en un microbús hacia otra provincia con el objetivo de auditar una empresa, y Alejandro, nuestro hombre, formaba parte del equipo de confianza que debía poner los papeles de dicha empresa en regla. Tenía por delante todo un fin de semana para realizar su trabajo, o al menos, era lo que había calculado en un principio su jefe.
                 Llegó a la oficina con el tiempo suficiente, como de costumbre, desayunó con los compañeros café bien cargado y dos tostadas con mantequilla baja en sal. Media hora después todos juntos se dirigieron al aparcamiento en busca del vehículo que los pondría en la carretera. Aún el sol no se asomaba por el horizonte, faltaba algo más de una hora para que la luz iluminase sus rostros con el matiz del amanecer, pero Alejandro se hallaba completamente despejado después de haber ingerido la generosa taza con la cálida infusión. Solamente deseaba sentir el aire fresco golpeándole la cara para que sus ideas de visionario ejecutivo se aclarasen antes de llegar al destino señalado. Ciento setenta y cinco kilómetros lo separarían en esta ocasión de su casa, de su confortable y querida casa. La casa en la que había quedado su amada esposa.
                 Por supuesto, antes de tomar la calle, como era su costumbre, la beso, primeramente en la frente, y sin que ella lo notase, porque dormía plácidamente, continuó hacia los labios y le robó un beso, un breve pero ardiente beso que estremeció sus huesos y dilató sus poros. En esta ocasión, y no sabía el porqué, Alejandro no deseaba alejarse de su casa, pero el deber es el deber, y las relaciones maritales no deben interferir en la vida laboral. No era la primera vez que por trabajo se alejaba de su mujer; muchas, infinitas veces más lo hizo, tantas, que ni las llegaba a recordar todas.
                 El microbús tomó por la avenida en dirección a la autovía. Llevaban de viaje unos cuarenta minutos cuando el teléfono del jefe se escuchó. Algo no marchaba bien. La empresa que iba a ser auditada sorpresivamente estaba al tanto desde la semana anterior que sería investigada en breve, alguien la puso al corriente. Mal asunto. En estas condiciones el trabajo no sería fructífero. --¡Regresamos a la sede, debemos trazar una estrategia y esperar nuevas órdenes!-- Dijo el jefe, y el conductor, al percibir la señal, cambió el rumbo.
                 Alejandro vio los cielos abiertos. Este repentino e inesperado cambio iluminó su rostro. Por primera vez en su dilatada vida laboral un viaje había sido abortado. No marcharía a otra provincia, lo que significaba que dormiría en su casa, en su casa y junto a su amada esposa.

Continuación……………………      
 


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