NOCHE DE CARNAVAL

                                        


               
                  La noche recién comenzaba, y la joven pareja, relajada sobre la cama, se dejaba llevar por los impulsos más primarios y se entregaba a las improvisadas caricias que lentamente iban de menos a más. Él, entre otras cosas, coqueteaba con la extensa melena de ella, y ella, con naturalidad, lo besaba en los labios con una sublime delicadeza. Se amaban intensamente el uno al otro. El reloj de la habitación marcaba las nueve de la noche del jueves veintisiete de febrero, primer día de carnaval. Desde una semana antes los amantes habían acordado disfrazarse. Él se vestiría de Arlequín, y ella de Colombina. Y así, juntos, comenzarían la noche en el bar de unos amigos, y de allí, saldrían a la calle pasada la media noche para dejar que las emociones fluyesen libremente por los sentidos y la piel; pero, surgió un contratiempo no esperado. La joven desde el comienzo de la mañana no se encontraba del todo bien, aunque no se lo había contado a su amado. Se hallaba en esos días en que el ciclo hormonal amenazaba con malestares penetrantes y síntomas intempestivos de índole variado. Pero ella no deseaba que el joven, amante de las noches carnavalescas, se convirtiese en la victima de sus molestias corporales. Así que decidió quedarse en casa descansando, y dejar que él fuese solo a reunirse con los amigos. Al principio el joven dijo que no, pero ella, con su tenaz insistencia y con argumentos claros y sólidos, le dijo que mejor estaría sola, que se quedaría en la cama, descansaría, y leería cualquier libro hasta que él llegase en la madrugada. Él no estaba del todo conforme, pero aun así se vistió de Arlequín y salió a celebrar la voluptuosa festividad con el grupo de amigos que lo esperaban en el bar.
                 En el pensamiento del joven rondaba la culpabilidad, no se veía disfrutando de la noche mientras ella quedaba en cama sola y con su malestar. Habló con su interior y se prometió, que estaría tan solo un rato con los amigos, y que regresaría lo antes posible al lado de su amada. Salió a la calle y puso rumbo al bar.
              Con los pensamientos de un lado a otro, apenas se percató que había llegado. Las luces del local, o posiblemente el mágico ambiente, le produjo un bienestar nada más entrar, que se propagó al contemplar a los amantes exhibiendo sus desenfadados impulsos. Don Carnal es tolerante con los amantes entregados a las pasiones mundanas.
                 Por su parte, nada más pasar un cuarto de hora desde que el joven se marchó de casa, la joven, al quedar sola, sintió un malestar tan profundo, que comenzó a experimentar un cargo de conciencia que no fue capaz de liberar. --¡No puedo dejarlo solo! ¡Me visto en un segundo y voy al bar!-- Fue lo que pensó y fue lo que hizo. Se vistió de Colombina, se puso el antifaz, y salió a la calle en dirección al local de los amigos, donde con toda seguridad hallaría a su amado. Momentos antes, en la cama, cuando disfrutaba de la compañía de él, las caricias quedaron a medias, y ahora, en este preciso instante, necesitaba algo más que lisonjas, deseaba con la fuerza de sus entrañas sentirse seducida, que su amado la tomase sin medida hasta que la luz del día irrumpiese en su cara para recordarle que había amanecido, porque el malestar, por el momento, dejó de ser un impedimento.
                 Cavilando, y sin darse cuenta, llegó al local. Con estos disfraces es algo complicado distinguir quien es quien. De cualquier manera ya estaba en el bar, la noche era joven, y la fiesta recién comenzaba. Fue a la barra y pidió una copa. La bebió con prontitud. Pidió una segunda. Otra más. A la tercera copa sintió que sus articulaciones se relajaban al igual que las partes no confesas de su cuerpo que las sintió dilatadas y esponjosas con intención de absorber lo que se pusiese frente a sí. Entonces decidió que era el momento de ir en busca de su Arlequín para darle la sorpresa. En la mano llevaba la cuarta copa. Se movía con elegancia entre las personas que colmaban el lugar. Unos bailaban. Otros cantaban, reían, o charlaban. En fin, todos disfrutaban de la primera noche de carnaval.
                Llegó al primer salón, pero no estaba. Pasó a la segunda estancia, y al final, en uno de los ángulos de la habitación, estaba su Arlequín, él conversaba con Mickey Mouse, el conde Drácula, y Olivia, la eterna novia de Popeye. Esa noche ella deseaba ser diferente, demostrarle que podía ser la mejor de las amantes. Se colocó en una posición estratégica para que su amado se diese cuenta que estaba allí, y que a pesar de su malestar, salió a la calle para compartir la noche de carnaval con él. No pasaron más de dos minutos para que el joven se diese cuenta que en la otra punta, Colombina, le hacía eróticas señales. Ella bebió el último sorbo de la copa, y con un declinar de cabeza, lo invitó a que la siguiese. Él la siguió.
                 Con suma elegancia ella fue pasando por cada estancia del local hasta llegar a la calle. Sus pies pisaron la acera, y fue cuando torció la mirada para comprobar que él continuaba a sus espaldas. La media noche se acercaba. La ciudad bullía de alegría y las máscaras comenzaban a ser parte del entorno. Caminó hasta llegar al callejón que se hallaba detrás del bar. Un solitario y oscuro callejón. Se escabulló en la oscuridad, y cuando él llegó, Colombina estaba apoyada contra la pared con las faldas levantadas cubriéndose el torso hasta la cabeza. De cintura hasta los pies dejó a la luz de la luna su esplendor: sus carnes, sus bondades, y sus calenturas. Todo a la vista para que su Arlequín danzase sobre ella con su acompasado ritmo --¡No digas nada y hazme el amor como si fuese la primera vez!-- Dijo Colombina. Y la algarabía de la madrugada penetró entre sus piernas con intenciones de conquistar su sexo y de esta manera provocar el milagro tan esperado. Nunca antes ella había experimentado lo que estaba sintiendo. Él, su pasión, su amado, su Arlequín, le consumaba el amor como nunca antes lo había ejecutado. Sin decir una palabra, al terminar, el Arlequín la besó por toda su oquedad, armó su vestuario, y se marchó. Y Colombina nuevamente regresó a la tierra. Ella se encontraba pletórica, radiante, conmocionada, colmada hasta el infinito de su piel. Acomodó lo mejor que pudo sus faldas, y se dijo que después de esta tempestad, lo mejor sería regresar a casa porque su cuerpo no estaba para un trote más. Esperaría a su amado Arlequín en la cama para darle las gracias por una noche de carnaval tan especial.
                 Entre el bar y su casa hay una distancia aproximada de unos cuatro o cinco kilómetros, y como había llegado caminando, caminando se marchó.

                 Pasada la hora arribó al nido de amor. Introdujo la llave, y entró. Tomó el pasillo y se dirigió a la habitación para quitarse el traje de Colombina. Al pasar por el umbral, su corazón recibió una sorpresa. --¿Qué haces aquí? ¿Cuándo has llegado?-- Le preguntó a su amor, que en camiseta y calzoncillos leía el libro que ella había dejado antes de marcharse al bar. --¡Llevo aquí más de dos horas, creo que tres! ¡No soportaba estar sin ti en el bar y me vine a la media hora o así! ¿Y tú dónde estabas? – Le preguntó con la ingenuidad de un niño. --¡Fui, fui, fui,……..a casa de la vecina a, a tomar café porque me sentía sola!-- Le contestó con un nudo en la garganta y entre sus partes. --¿Y te vestiste de Colombina para tomar café? ¡Es igual, en estas noches tomar café con un disfraz es una locura permitida, ven que ardo en deseo por contarte lo que acabo de leer, es “La casada Infiel”!-- Y ella, con el corazón a mil, calló inconsciente, de bruces sobre la cama.    

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