" EL PRIMER AMOR DE LA ABUELA NENA" capítulo XII

       Hacía muchos años que no entraba en una iglesia, desde que la fe se me fue haciendo cada vez más personal. Dejé de poner mi fe al viento, para guardarla en mi pecho y hacerla más fuerte desde mi interior. Ahora la saco cuando es realmente necesaria, sin exponerla al mejor postor y dejándola para los casos de mayor urgencia. No voy por el mundo demostrando que yo creo mucho más que todos juntos, mi credo lo dejo para el más necesitado, para el que está en el anonimato y más que una limosna, necesita una mano. Nadie me va a convencer de que tengo que creer. Nadie vendrá a reafirmar mis creencias personales. Si en algún momento dejara de creer, todo lo que me había pasado anteriormente no sería más que un espejismo. Tengo fe, pero la llevo conmigo por convicción, no por imposición de continuas charlas dominicales y costumbres arraigadas.
       Creo que fue lo que vio el cura el domingo desde el estrado. La fe, antes de creer en ella, tenemos que sentirla. Saber que llegó a nosotros y se acomodó en nuestro cuerpo. Este domingo que les cuento sentí la fe, llegó por mano de mi amado y entró en mi cuerpo hasta las entrañas, sin fanfarreas ni festejos. La fe la sentimos en nosotros cuando nos entregamos con amor. Lo que sea, pero con amor. No esperemos que los libros nos enseñen qué hacer para que las creencias puedan estar sustentadas por algo que llamamos fe. El espíritu hay que sentirlo primero, para después saber que existe. Estoy segura que muchos, miles o millones, siguen el ritmo del viento sin saber hacia dónde tomar. Cuando alguien cree, los demás también. Cómo puedes seguir a la masa sin experimentar por ti mismo la sensación que nos deja el placer de haber sentido la fe. Creer sin estar seguro en lo que sentimos, es como al terminar de hacer el amor, no tener un orgasmo.
       Eso fue lo que vio el cura, un orgasmo, y nosotros vimos la fe. Mi caballero me trajo el cielo y fuimos por todo el espacio hasta encontrar la verdad. ¡No hay nada en el cielo, ni como metáfora! ¡Todo está aquí y no lo queremos ver! ¡Dios está en cada uno de nosotros, y no perdido en las nubes! Está con nosotros si queremos que esté, y la fe, se la otorgamos nosotros a dios por estar aquí en la intimidad. Cuando hacemos de dios una colectividad, se enriquecen las ideas de algunos hombres y se debilitan la espiritualidad de otros. Si todos sintiéramos la fe, se llenarían las iglesias de hombres y mujeres en busca de un espacio para ser adorados. Pero de alguna manera, todos somos dioses. Deberíamos hacer elecciones, para que cada cuatro años, las mujeres tengan derecho de estar en el podio.
        Desde este domingo, el cura y su sermón dejaron de ser lo mismo. Mi caballero y yo supimos, que nuestra iglesia, sería al final nuestra casa y que nuestros futuros hijos y nosotros, los dioses de este panteón. El cielo lo tuve en las manos, y con los ojos bien abiertos, y si en algún momento la magia deja de estar a nuestro alrededor, sabremos a que atenernos.
       Ahora todo puede ser diferente, por mucho que las cosas cambien, el mundo no será el mismo, ahora creemos el uno en el otro.
       Se que esta vez la profundidad de las palabras quizás han hecho este día algo más denso de lo normal, pero prometo contarles en la próxima semana algo bien ligero de equipaje. Los quiere por siempre la abuela nena.
       

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