" EL PRIMER AMOR DE LA ABUELA NENA" capítulo XXIV

Los días pasaban sin que nos diéramos cuenta del tiempo transcurrido, y aunque mi padre había puesto reglas para los encuentros, siempre encontrábamos la forma de vernos a diario sin levantar la menor sospecha. Para esta fecha había comenzado a trabajar en la escuela como maestra, y los controles de mi padre por muy efectivos que fueran, la mayoría se escapaban de sus posibilidades reales. Solamente le quedaba confiar en mí, y por supuesto, debía responder a su confianza, sin llegar a los extremos que nunca son buenos. Mi padre creía que tenía un ojo que todo lo ve, y por la forma de pensar de la época, todo estaba bajo su control.
La escuela estaba ubicada al otro extremo de la ciudad, y era la única en la que se impartía la signatura de ingles desde los primeros años. Las demás eran de pago, y la mayoría de los niños sus padres no contaban con una buena situación económica para que sus hijos formaran parte de ella. De esta forma, si querían saber un idioma, debían desplazarse hasta el comienzo de la pequeña villa, como yo para lograr un empleo que me apasionaba. No era más que decidir, lo tomabas  o lo dejabas. El peligro radica en no saber cuál es el camino correcto.                                      
 Yo aprendí el idioma por los libros que mi padre sacaba de la nada. Cada noche al llegar a casa, necesitaba solamente un giro de ciento ochenta grados sobre su pierna derecha para que el milagro fuese realidad. Desde niña pensé, que mi padre era un mago, y que su destreza no radicaba en sacar conejos. De sus manos afloraban los más variados y hermosos libros que podía imaginar. Aquí llegó mi afición por la dramaturgia inglesa, como ya les conté en otro capítulo. La pronunciación me llegó de oído, con los viejos discos de la "RCA víctor" que mi madre repetía día tras día en el gramófono. Solamente necesité un año en la academia para terminar la titulación, y el examen final me salió cantado.
Para llegar a la escuela tenía que tomar el tranvía, la única forma más rápida y segura. Fue nada más pensar en el trayecto, que duraba alrededor de veinte minutos desde mi casa hasta la escuela, para soñar despierta. Mi caballero, tuvo los mismos pensamientos. Veinte minutos apartados del mundo, con la mirada perdida el uno en el otro. El tranvía y nosotros dos.
¡Creo que es la hora de mis pastillas, y últimamente paso de ellas como los políticos de la realidad, pero habrá que tomar medidas! ¡Para empezar, voy a tomarme la pastilla para la memoria, después les cuento el viaje del tranvía! ¡Hasta la semana próxima mis nietos!   

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